EL
SIGLO DE RAFAEL ALBERTI

In
memoriam
Desde
1902 hasta 1999 Rafael Alberti paseó su mirada por las turbulentas
aguas del siglo XX, desde la tierra, como un marinero al que el exilio
alejó del mar y que, más tarde, ya no tuvo el valor o
las ganas de embarcarse de nuevo. Por eso construyó su hogar
muy cerca de la playa: su casa blanca rozando la mar. Su mirada inquieta
no se conformó con el reino de este mundo sino que alzó
tambien los ojos al cielo y al tiempo que rendía tributo al mundo
celeste y angélico, devoraba las imágenes cinematográficas
que acompañaron su vida y a las que rindió homenaje en
una serie de poemas que más tarde se reunirían bajo el
título de "Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho
dos tontos", aunando en una frase el teatro calderoniano y las
películas de Keaton. Acaso fuera ese el mayor prodigio y el mayor
mérito de aquella generación del 27 de la que Alberti
formó parte y a la que sobrevivió mucho años: reunir
dos mundos tan alejados y opuestos en apariencia; porque aquella generación
de intrépidos estaba resucitando a Góngora y el barroquismo
y, sin embargo, tras las imágenes poéticas de campos y
cielos y arboledas y tradiciones, circulaban locomotoras, se alzaban
rascacielos, la sexualidad rompía sus moldes. Por una parte la
literatura de nuestros Siglos dorados se recuperaba en la pluma de esta
generación joven y enérgica, por otro se cuestionaba lo
incuestionable y las voces se liberaban cometiendo un pecado que se
consideró después imperdonable. A unos les quitó
la vida, a otros les arrebató el mar o la tierra o la patria.
Muchos
años después de aquello, tuve la oportunidad de estar
sentado frente a Rafael Alberti, sus cabellos blancos caían ya
desordenados, pero su mirada estaba enturbiada por el sueño.
Era verano, en El Escorial, el mes de agosto con sus temperaturas inhumanas
en la meseta castellana y Rafael Alberti, ponente de un curso de poesía
con un homenaje a su esposa, ya muerta, María Teresa León,
se dormía a las cuatro de la tarde entre otros poetas e intelectuales.
Llevaba entonces 12 años en España, reconciliada la transición
también con su poesía, pero parecía cansado de
tanto exilio o sentía quizá nostalgia de la casa blanca
a la que regresó, el hogar en la Bahía de Cádiz,
en el Puerto de Santa María, el pueblo donde nació el
16 de diciembre de 1902 y donde murió 97 años después.
Mucho se ha escrito desde
el 27 de octubre de 1999 sobre la importancia de Rafael Alberti en nuestra
literatura, mucho sobre su persona, su obra, su muerte, y curiosamente,
como ocurre con Federico Garcia Lorca, aquellos que más discursos
escupen, los que se llenan la boca de alabanzas a la generación
del 27 son los herederos directos del régimen que mandó
a Lorca a la tumba y a Alberti a un ir y venir sin sentido durante largos
años de exilio. ¿Qué podemos ahora decir nosotros?
Podríamos acaso
recorrer su vida desde el Museo del Prado, donde copiaba las obras pictóricas
de los grandes maestros, pasando por el París de Picasso y del
cubano Alejo Carpentier, hasta el Congreso español de diputados
donde en los años setenta ocupó un escaño comunista
al que renunció pocos meses después de que se lo concedieran:
el regalo político de la transición no debió de
ser suficiente para endulzar la amargura del exilio;
o podríamos hacer un recorrido por sus obras: Sobre los
ángeles o Marinero en tierra, Premio Nacional de Literatura,
o A la pintura y Retornos de lo vivo lejano, inspiradas
por las tierras italianas y argentinas...
O nos quedaría aún la opción más arriesgada,
la de intentar expresar los sentimientos de un gran poeta golpeado por
el absurdo de la irracionalidad política. Albertí no se
reconcilió con ella pero sí con el mar y con su Puerto
de Santa María donde "a la derecha de un camino bordeado
de chumberas, que caminaba hasta salir al mar, llevando a cuestas el
nombre de un viejo matador de toros - Mazzantini-, había un meláncolico
lugar de retamas blancas y amarillas llamado la Arboleda Perdida".
Todo está en sus versos, en los cinco volúmenes de sus
memorias, en sus dibujos... y en esa casa blanca mirando al mar, acaso
ahora en venta o deshabitada u objeto de litigio para quienes quedan
en tierra, porque seguramente ya desde hace más de dos años,
Rafael Alberti lo observa todo con una sonrisa en los labios y la mirada
cansada que recuerdo de aquella tarde de insoportable canícula
en el Escorial, sentado sobre una roca o navegando en algún velero,
sin rumbo fijo, sin sueño, pero sientiendo ahora y para siempre
la brisa marina y saboreando la presencia de la sal.
Juan Carlos Benavente
López