"Aquel hoteI de la calle de Vaugirard, alto y estrecho, era un
hotel ordinario, pero la patrona era más guapa de lo corriente:
tenía un rostro fino y fresco y un pelo negrísimo; llevaba
una blusa de seda blanca. Sin reflexionar, le pregunté si tenía
una habitación libre. Ella sonrió mientras sus ojos me
observaban con fría mirada escrutadora.
-Hay tantas como quiera.
-Primero quiero saber otra cosa -dije-. Usted tiene aquí un
inquilino, el señor Weidel. ¿Está en casa, por
casualidad?
Al oír esto, tanto su rostro como su actitud cambiaron, como
sólo puede observarse en los franceses: la indiferencia más
cortés, mas inigualable, se convierte de pronto, cuando pierden
el control, en cólera rabiosa.
Y, ronca por la rabia, dijo estas frases:
-Por segunda vez en un dia se me pregunta por ese hombre. EI señor
cambió de domicilio. ¿Cuántas veces tengo que decir
lo mismo?
Yo, respondí.
-A mí, en todo caso, es la primera vez que me lo dice. Tenga
la bondad de decirme dónde vive ahora ese señor.
-¿Y cómo voy a saberlo yo? -contestó la mujer.
Poco a poco me di cuenta de que también ella tenía miedo.
Pero, ¿miedo de qué?
-Ignoro su paradero actual -agregó- y no puedo decirle más
a usted.
Tal vez se lo llevó de veras la Gestapo, pensaba yo. Puse mi
mano sobre el brazo de la mujer; ésta no lo retiró. Me
miró con una expresión mezcla de ironía e inquietud.
-Yo ni siquiera conozco a ese hombre -aseguré-; solo me dieron
un encargo para él. Eso es todo. Algo que es importante para
él. Y tampoco quisiera hacer esperar en balde a un desconocido.
Me miró con atención. Luego me condujo a un cuarto pequeño
situado al lado de la entrada del hotel. Después de algunas vacilaciones
se decidió, al fin, a hablar:
-No puede usted imaginarse todos los disgustos que ese hombre me ha
causado. Llegó el 15, en la tarde, cuando los alemanes ya estaban
entrando en París. Yo no había cerrado mi hotel; me había
quedado. En la guerra, solía decir mi padre, uno no debe marcharse,
porque entonces le roban y ensucian a uno todo. Y, ¿por qué
habría yo de temer a los alemanes? Incluso los prefiero a los
rojos; por lo menos no me tocarán mi cuenta en el banco. Pues
llega ese señor Weidel temblando. A mí me parece curioso
que uno tiemble ante sus propios compatriotas. Pero estaba contenta
de tener un inquilino, pues entonces me hallaba casi sola en todo el
barrio. Pero cuando le traigo la hoja para el registro, me ruega que
no lo inscriba. EI señor Langeron, el señor prefecto de
la policía, como usted sabe, insiste rigurosamente en el registro
de todos los extranjeros, y es preciso que haya orden, ¿no es
cierto?
-Pues no sé -contesté a la mujer-, los soldados nazis,
por ejemplo, también son extranjeros y, sin embargo, no se registran.
-Bueno, ese señor Weidel, en todo caso, fastidiaba con su registro.
Me dijo que aún no había dejado su habitación en
Auteuil, y que allí estaba registrado. No me gustaba nada. Ya
antes había vivido en mi hotel, con su mujer. Una mujer muy hermosa,
aunque no se arreglaba mucho y lloraba a menudo. Le aseguro que ese
hombre ha causado molestias en todas partes. Por amor de Dios le dejé,
pues, sin registrar, aunque sólo por una noche, como le expliqué.
Pagó por adelantado. Sin embargo, al día siguiente no
me bajó el hombre. Para abreviar la historia: abrí con
mi otra llave. También abrí el pestillo, pues una vez
mandé hacer uno de esos aparatos con los que se pueden correr
los pestillos desde fuera.
Y la mujer, al decir eso, abrió un cajón y me enseñó
el aparato, un gancho de construcción muy ingeniosa.
-EI hombre estaba echado sobre la cama, completamente vestido. En la
mesa de noche había un frasco vacío. Si ese frasco estaba
lleno antes, entonces el hombre se había echado a la tripa una
cantidad de lo que fuera con la que se hubiera podido matar a todos
los gatos de nuestro barrio. Afortunadamente hay un policía de
Saint Sulpice que es buen amigo mío, y éste me arregló
el asunto. Primero inscribimos al señor Weidel con fecha del
día anterior, y luego lo dejamos morir. Después lo enterramos.
Aquel hombre me causó más disgustos que la entrada de
los alemanes.
-Sea como fuere, - dije yo- ya ha muerto. Me levanté."