Der nachfolgende Text aus "Transit" beschreibt die Atmosphäre in einem Marseiller Café um 1940, mit seinem Wechsel der Stimmungen zwischen Hoffnungslosigkeit, Verlorenheit und Faszination gegenüber der mediterranen Kultur.

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"Der Teil des Cafés in dem wir saßen, stieß an die Cannebière. Ich konnte von meinem Platz aus den Alten Hafen übersehen. Ein kleines Kanonenboot lag vor dem Quai des Belges. Die grauen Schornsteine standen hinter der Straße zwischen den dürren Masten der Fischerboote über den Köpfen der Menschen, die den Mont Vertoux mit Rauch und Geschwätz erfüllten. Die Nachmittagssonne stand über dem Fort. Die Gesichter der Menschen, die durch die Drehtür hereinkamen, waren gespannt von Wind und von Unrast. Kein Mensch bekümmerte sich um die Sonne über dem Meer, um die Zinnen der Kirche Saint-Victor, um die Netze, die auf der ganzen Länge des Hafendamms zum Trocknen lagen. Sie schwatzten alle unaufhörlich von ihren Transits, von ihren abgelaufenen Pässen, von Dreimeilenzone und Dollarkursen, von Visa de Sortie und immer wieder von Transit. Ich wollte aufstehen und fortgehen. Ich ekelte mich. -

Da schlug meine Stimmung um. Wodurch? Ich weiß nie, wodurch bei mir dieser Umschlag kommt. Auf einmal fand ich all das Geschwätz nicht mehr ekelhaft, sondern großartig. Es war uraltes Hafengeschwätz, so alt wie der Alte Hafen selbst und noch älter. Wunderbarer, uralter Hafentratsch, der nie verstummt ist, solange es ein mittelländisches Meer gegeben hat, phönizischer Klatsch und kretischer, griechischer Tratsch und römischer, niemals waren die Tratscher alle geworden, die bange waren um ihre Schiffsplätze und um ihre Gelder, auf der Flucht vor allen wirklichen und eingebildeten Schrecken der Erde. Mütter, die ihre Kinder, Kinder, die ihre Mütter verloren hatten. Reste aufgeriebener Armeen, geflohene Sklaven, aus allen Ländern verjagte Menschenhaufen, die schließlich am Meer ankamen, wo sie sich auf die Schiffe warfen, um neue Länder zu entdecken, aus denen sie wieder verjagt wurden; immer alle auf der Flucht vor dem Tod, in den Tod. Hier mußten immer Schiffe vor Anker gelegen haben, genau an dieser Stelle, weil hier Europa zu Ende war und das Meer hier einzahnte, immer hatte an dieser Stelle eine Herberge gestanden, weil hier eine Straße auf die Einzahnung mündete. Ich fühlte mich uralt, jahrtausendealt, weil ich alles schon einmal erlebt hatte, und ich fühlte mich blutjung, begierig auf alles, was jetzt noch kam, ich fühlte mich unsterblich. Doch dieses Gefühl schlug abermals um, es war zu stark für mich Schwachen. Verzweiflung überkam mich, Verzweiflung und Heimweh. Mich jammerten meine siebenundzwanzig vertanen, in fremde Länder verschütteten Jahre.

Es war sechs Uhr nachmittags. Ich sah gleichgültig über die Leute weg auf die Tür. Sie drehte sich wieder auf. Eine Frau kam herein. Was soll ich Ihnen darüber sagen? Ich kann nur sagen: sie kam herein. Der Mann, der sich das Leben nahm in der Rue de Vaugirard, hat es anders ausdrücken können. Ich kann nur sagen: sie kam herein. Sie werden von mir auch keine Beschreibung verlangen. Ich hätte übrigens an diesem Abend nicht sagen können, ob sie blond oder dunkel gewesen war, eine Frau oder ein Mädchen. Sie kam herein. Sie blieb gleich stehen und sah sich um.

Bisher, wenn eine Frau an den Ort kam, wo ich war, eine Frau, die mir wohl gefallen konnte, doch nicht zu mir kam, dann ist es mir immer gelungen, festzustellen, daß ich sie dem gönnte, dem sie gefiel, daß mir nichts Unersetzliches abging. Die Frau, die eben an mir vorbeiging, gönnte ich niemand. Es war für mich furchtbar, daß sie hereingekommen war, aber nicht zu mir, es gab nur etwas, was ebenso furchtbar hätte sein können: wenn sie nicht hereingekommen wäre."

 

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"La parte del café en que nosotros estábamos daba sobre la Cannebière. Desde mi lugar podía ver todo el Viejo Puerto. Un pequeño cañonero estaba anclado ante el muelle de los Belges. Las chimeneas grises aparecían detrás de la calle, entre los delgados mástiles de las barcas pesqueras, por encima de las cabezas de los hombres que llenaban el "Mont Ventoux" con sus charlas y su humo. EI sol de la tarde brillaba por encima del Fuerte. Las caras de los hombres que entraban al café por la puerta giratoria aparecían tensas por el viento y la inquietud. Ninguno hacía caso del sol sobre el mar, ni de las almenas de la iglesia Saint Victor, ni de las redes que estaban tendidas para que se secaran a todo lo largo del muelle. Hablaban todos sin cesar de sus visados de tránsito, de sus pasaportes caducados, de la zona de tres millas, de las cotizaciones del dólar, del visado de salida y, de nuevo, de los de tránsito.

Yo quería levantarme para salir. Sentía asco. Entonces cambió repentinamente mi estado de ánimo. ¿A causa de qué? Nunca sé las causas que producen ese cambio en mí. De repente, todas estas conversaciones ya no me parecían tan repugnantes, sino más bien grandiosas. Se me antojaban archiviejo chismorreo de puerto, tan viejas como el Viejo Puerto mismo, y aun más viejas. Maravíllosos, viejísimos chismes de puerto que nunca dejaron de oírse desde que existía el Mediterráneo; chismes fenicios; chismes cretenses, griegos y romanos. Nunca habían faltado charlatanes que temían por sus sitios en los barcos y por su dinero; ni los que huían de todos los terrores reales o imaginarios de la tierra: madres que habían perdido a sus hijos, hijos que habían perdido a sus madres; los restos de ejércitos diezmados, esclavos fugitivos; gente expulsada de todos los países que, finalmente, había llegado al mar, donde se arrojaba sobre los barcos queriendo ir a descubrir nuevos países, de los que de nuevo sería expulsada. Todos siempre en huida ante la muerte y hacia la muerte. Aquí los barcos debieron haber estado anclados siempre, en este sitio exactamente, porque en él se acababa Europa y empezaba el mar; y debió haber una fonda siempre porque era el lugar en que la ruta desembocaba.

Yo me sentía terriblemente viejo, viejo de milenios, porque todo lo había vivido ya una vez; y, al mismo tiempo, me sentía muy joven, deseoso de ver todo lo que habría de suceder. Me sentía inmortal. Pero esa sensación cambió de nuevo, era demasiado fuerte para mí, hombre débil. Me asaltó la desesperación, desesperación y nostalgia. Me dolían mis veintisiete años dilapidados, enterrados en paises extraños.

Eran las seis de la tarde. Mi mirada vagaba por encima de la gente, indiferente, hacia la puerta. Ésta volvió a girar. Entró una mujer. ¿Qué más podría decirle a usted? Sólo que entró. Aquel hombre que se arrancó la vida en la calle de Vaugirard hubiera podido expresarlo de otro modo. Yo sólo puedo decir: ella entró. Usted no me exigirá tampoco una descripción. Además, aquella tarde no hubiera podido decir si era rubia o morena, una mujer o una muchacha. Ella entró, se detuvo en seguida volviendo la mirada a todos lados.

Hasta entonces, siempre que veía acercarse a una mujer, una mujer que bien hubiera podido gustarme, cuando la veía acercarse sin que se dirigiese hacia mí, lograba convencerme de que, en el fondo, no envidiaba a aquél que a ella le gustara, que nada insustituíble se me escapaba con ella. Pero la mujer que acababa de entrar, no la hubiera cedido a nadie sin envidia. Era terrible que hubiese entrado sin buscarme a mí, y solo había otra cosa igualmente terrible: que no hubiese entrado en absoluto."

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