El Gral. Juan Carlos
Onganía depone por las armas al Presidente Arturo Íllia
en 1966. En su "gesta patriótica" la deuda externa
crece de 3.276 millones de dólares a 3.970.
En el 70 cede el
trono al Gral. Marcelo Levingston que la infla a 4.765 millones. Este
usurpador deja paso a otro depredador, el Gral. Agustín Lanusse,
quien establece el rojo en 4.800 millones.
Desde el 66 hasta
el 72 la Argentina militarizada vio crecer su deuda en un 46%.
El incontenible
avance social dio paso a las elecciones (condicionadas por el poder
militar y de la CIA) en 1973, donde triunfa Héctor Cámpora.
La sucesión del Gral. Juan Domingo Perón en 1974 está
marcada por la deuda personal de cada argentino que sumaba 320 dólares
en relación con las obligaciones al exterior.
Muere Perón
y asume el poder Estela Martínez, su mujer, en cuyo gobierno,
entre otras cosas, asciende la deuda a 7800 millones. Una enormidad
que erizaba la piel de cualquier vecino.
Llega el golpe
de estado militar. Las siete plagas caen sobre la Nación: tortura,
campos de concentración, asesinatos, censura, entrega de la soberanía,
robo y saqueo, cierre de universidades y exilios. Una noche aberrante.
También
en lo económico: de 1976 a 1983 la deuda externa es llevada por
José Alfredo Martínez de Hoz de 7800 a 45. 100 millones.
Un crecimiento del 364%.
Surgen los petrodólares
entonces. Los bancos internacionales ofrecen créditos fáciles
a tasas bajas y comienza el gran endeudamiento argentino. Las empresas
privadas toman esos créditos en la banca internacional.
A partir del 80
se agota el paraíso crediticio y lo que era fácil y barato
se vuelve difícil y muy caro.
Argentina infla su deuda gracias a la "gestión patriótica"
de militares y civiles comprometidos con la causa del círculo
de poder que representaban. Compraban armas y pagaban comisiones del
orden de los 10 mil millones según el Banco Mundial. El Estado
comienza a absorber las deudas de grupos privados cercanos al poder,
que pasan al pueblo argentino en una "acción solidaria"
de los ministros de economía y el Banco Central.
LLega la democracia.
La Presidencia del Dr. Raúl Alfonsín ve crecer la deuda
de 46.200 a 65.300 millones. En ese 44% también se reflejan los
saqueos a supermercados como expresión de la recesión
que se agrava.
La década menemista lleva la deuda un 123% más arriba
del ránking. Y la suma crece vertiginosamente, ya sin el patrimonio
del Estado, que había ido ofreciendo poco a poco sus empresas
a la voracidad externa. Lo que se dio en llamar: Las joyas de la
abuela. Desde entonces, un país sin empresas públicas,
sin producción, sin perspectivas confiables, multiplica su deuda
minuto a minuto con un vértigo inimaginable. El nuevo siglo recibió
a los argentinos con una deuda individual de 3800 dólares.
Queda claro que
los beneficiarios de la fiesta financiera no son precisamente los trabajadores,
ni los jubilados. La deuda externa no se apoya en la educación
o en la salud o en el trabajo. La Deuda Externa es impagable, salvo
que cada argentino desembolse los 4.000 dólares promedio que
guarda en el colchón (¡Ja, ja!) para cumplir con los acreedores
externos. Sin embargo parece que esta es la idea del Ministro Domingo
Cavallo y sus discípulos: los recortes de los servicios públicos,
la usurpación de los beneficos laborales, la precarización
de la calidad de vida, los impuestazos, son parte de la transferencia
del pago de la deuda a cada bolsillo de la barriada.
No quedan dudas
al respecto. La voracidad de los acreedores está siendo soportada
por la gente, no por los beneficiarios de aquellas gloriosas fiestas
privadísimas.