Hacía 3 días que había llegado a San Fernando,
cuando ya tuve la primera pelea con mi flamante novio andaluz. "Tu
sais, ça - ce n´est pas très feminin" me dijo
él, señalando con una mueca ligeramente asqueada hacia
mis piernas desnudas (hablábamos en francés, porque todavía
no habíamos encontrado otro idioma en común). Creí
no haberle entendido bien. Como yo era mujer, mis piernas obviamente
tenían que ser femeninas. Pero no se trataba de un malentendido
del idioma. Él estaba convencido de que las mujeres simplemente
no tenían vello en las piernas. A su madre, por ejemplo, nunca
le había visto un pelo "fuera del lugar". Yo ya había
conocido a su madre el día anterior. Era una mujer de pelo blanco,
que dedicaba su tiempo a fregar y cocinar. Mi madre, en cambio, había
quemado su sujetador en una plaza pública como símbolo
de su liberación. Estaba orgullosa de su bigote de Frida Kahlo.
Al día siguiente fuimos a casa de la hermana de mi novio. En
el camino me estuve fijando en las mujeres en la calle. A pesar de sus
abundantes melenas oscuras no tenian ni rastro de pelo en las piernas.
Generalmente, iban vestidas con ropa muy estrecha, tanto, que se podían
ver las marcas que dejaba la ropa interior en la carne. Había
minifaldas combinadas con tacones vertiginosos -un curioso conjunto
que, hasta ahora, solamente lo había observado en la Reeperbahn
(una calle de putas en Hamburgo). Una mujer casi murió en el
intento de alcanzar el autobús con los dichosos zapatos. Enseguida,
varios hombres corrieron para ayudarla. ¡Qué juego más
tonto!, estaba yo escuchando a mi madre.
En casa de la hermana (pelo muy negro, nada de bigote, tacones altos
hasta para estar en casa) había un aparato extraño, eléctrico,
en la mesa: parecia una olla cuadrada con una especie de sopa amarilla.
Mi novio subió mi falda larga y le enseñó mis piernas
a su hermana. Ésta se rio y pareció ponerse muy contenta.
Ambos desaparecieron y me dejaron sola con la sopa. Me acerqué.
No olía mal. ¿Tal vez era miel? De pronto, la habitación
se llenó de mujeres. Hablaban todas a la vez, con unas voces
muy altas, chillonas. Me miraban como si fuera un bicho raro y, evidentemente,
me sentí como tal. Me hicieron sentarme. Al ver mis piernas hubo
una serie de exclamaciones, de risa, extrañeza y asco. La hermana
puso algo de la cosa amarilla en mi pierna izquierda. Más fuerte
que el dolor fue mi sorpresa al ver mis pelos con sus raíces
fuera de mí.