Mientras escribía este artículo el mundo escuchaba inmutable
las noticias sobre las primeras medidas tomadas por el presidente Busch
contra Somalia, bloqueando cuentas bancarias, que han sumido al país
en el absoluto caos. Y en este caso eso no significa que los somalíes
tengan que renunciar a comprar trufas para las cenas navideñas,
al fin y al cabo ellos creen en otro Dios distinto al que nos protege
a nosotros y salvará América, o que escasee el champán
en las fiestas para despedir el año que ya acaba, o que al igual
que en Nueva York, los grandes almacenes no hayan obtenido los millionarios
beneficios que son de esperar en estas fechas. No, en este caso hablamos
de un país asolado por las guerras civiles, sin gobierno estable,
sin un sistema económico que pueda, en realidad, sumirse en el
caos, pues desde nuestra "civilizada" perspectiva ya es un
caos. No obstante, en nombre de las víctimas caídas junto
o dentro de las Torres Gemelas, es necesario vengarse. George Bush anunció
una guerra larga en Afghanistán y al final ha resultado más
breve de lo que esperábamos público y cadenas de televisión;
no sorprende por tanto que haya que buscar nuevos objetivos y desviar
la atención hacia otro rincón del mundo, en el que ha
dejado de buscarse a un Bin Laden inexistente o ya muerto o inutilizado
pero donde se pretende inmovilizar parte del dinero que financia la
guerra santa. ¿No sería más productivo bombardear
la Universidad de Hamburgo donde estudiaron algunos de los terroristas
o las distintas ciudades europeas en las que vivieron y los acogieron?
Si la realidad no fuera tan grotesca, esta boutade podría
amenizar nuestras cenas de Nochebuena.
Cuando el 11 de septiembre de 2001 periódicos y noticieros televisivos
anunciaron excitados que el mundo ya no volvería a ser el mismo
actuaron precipitadamente. Debían haber esperado las consecuencias
para poder ser fieles a la verdad: el mundo ya nunca dejará de
ser el que era antes de ese día negro. Es la ocasión de
oro para desacreditar a cualquiera que ose levantar la voz, criticar
o, simplemente, poner en tela de juicio el actual orden mundial. La
línea divisoria está clara y los objetivos de los que
ostentan el poder también. Si queremos proteger nuestro estilo
de vida, no queda otra solución que destruir todo lo que no encaje
dentro de ese estilo.
Evidentemente esto lo escribe alguien sentado frente a un ordenador,
confortablemente protegido del riguroso invierno europeo por un techo
y una calefacción, alguien que pertenece al 10 % de seres humanos
con acceso a Internet y que ha "vivido" toda la injusticia
de este mundo a través de las noticias transmitidas por televisión,
alguien que seguramente no escribiría ni una sola de estas palabras
si hubiera perdido a un familiar en el atentado del 11 de septiembre
o viera amenazada a muy corto plazo su seguridad... alguien que tampoco
dudaría de la legitimidad de los bombardeos sobre Kabul si tuviese
que vivir bajo el régimen talibán. Pero, al mismo tiempo,
alguien que se niega a acceptar que nuestro bienestar se base en la
destrucción de los otros aunque sepa que es y seguirá
siendo así.
Un ser humano que no entiende ni quiere entender. No obstante feliz
2002, dentro de lo posible.