He
visitado todas las primaveras de mi vida
el jardín caduco donde la infancia
se enmarañaba en el fuego de agosto
y el hedor nostálgico de un pantano.
He escuchado de nuevo la canción de las ranas,
la sorpresa de un grillo extraviado bajo el armario,
he vuelto a ver la luz tranquilizadora
y lejana de las luciérnagas.
Sin embargo todos los sonidos se perdían
en el murmullo de un manantial reciente
que nace de una vieja cañería reventada;
y pienso en la torpeza del hombre
cuando intenta imitar a la Naturaleza.
Hoy
todo es confuso.
No he olvidado el ruido de las aspas
de un ventilador primitivo luchando impotente
contra la furia del sol sobre el cemento,
ni el resplandor de las paredes encaladas
a las eternas cuatro de la tarde,
cuando el sopor de la siesta extendía
su dominio sobre las voces
y los juegos de la infancia.
Recuerdo con nitidez el orden inmaculado
de los secretos armarios cargados de sorpresas
y de ramas de tomillo y lavanda y las larvas
redondas y herméticas de las mariposas;
recuerdo las ristras de guindillas maduradas
a la sombra de una cocina de ángeles
oliendo desde siempre a bosques calcinados.
Y recuerdo una presencia en continuo movimiento,
abriendo y cerrando puertas y ventanas,
corriendo los mosquiteros a las nueve de la noche,
en el instante brevísimo que igualaba las luces
de las estrellas y de las lámparas.
No importaban las grietas del suelo,
no importaba el calor de tardes muertas.
nunca un instante fue igual a otro.
Nunca dos madrugadas templadas e inmóviles
repitieron un olor o un sonido;
eran los mismos sonidos y, sin embargo,
nunca fueron iguales.
Hoy, el silencio es siempre idéntico.
Lérida,
primavera de 2002