Dicen que la avenida está sin árboles (fragmento)

Arboleda
Mario Benedetti

Texto adaptado

 

Algún día los especialistas tendrán que abordar, en el marco de una sociología del exilio, el tema de la diáspora y su costo social, con los problemas que inevitablemente genera en el ámbito familiar, en la vida de pareja, en la relación de padres e hijos: las tensiones que causa cualquier partida inesperada, cuando uno deja atrás hogar, amigos, trabajo y tantas otras cosas que integran su ámbito afectivo y cultural; la inseguridad que trae aparejada la búsqueda de un nuevo trabajo, una nueva vivienda, así como la súbita y no prevista inserción en otras costumbres, otro alrededor, otro clima y a veces hasta otro idioma; todos son elementos generadores de angustias, malestares, y hasta de resentimientos y rencores que, por supuesto, distorsionan una relación afectiva que en América Latina siempre ha sido importante, definitoria.

Ahora bien, el escritor que vive desgajado de su suelo y de su cielo, de sus cosas y de su gente no es alguien que aborda el exilio como un tema más, sino un exiliado que, además, escribe. Por otra parte, creo que el deber primordial que tiene un escritor del exilio es con la literatura que de la que forma parte, con la cultura de su país. Tiene que reinvindicar su condición de escritor, y a pesar de todos los desalientos, las frustaciones, las adversidades, buscar el modo de seguir escribiendo.

Es obvio que una cultura no es una mera suma de individualidades; es también un clima, una recíproca influencia, una polémica vitalidad, un diálogo constructivo, un pasado de discusión y análisis, y es también un paisaje compartido, un cielo familiar. El exilio, en cambio, es casi siempre una frustración, aun en los casos en que la fraterna solidaridad mitiga la nostalgia y el desarraigo.

Para las dictaduras del Cono Sur, la cultura es subversión. De ahí que su proyecto siempre incluya el genocidio cultural. No creo que nada ni nadie pueda cumplir el macabro designio de exterminar una cultura. Puede, sí, devastarla, descalabrarla, vulnerarla, dejarla malherida, pero nunca destruirla. Por eso es importante que, tanto desde el interior de nuestros castigados países como desde el exilio, cuidemos nuestra cultura, hagamos un esfuerzo, no sobrehumano, sino profundamente humano por contrarrestar la devastación (...). La labor con más sentido social, cultural y político que en definitiva podemos llevar a cabo los escritores y artistas desde el exilio es, por tanto, crear, inventar, generar poesía, construir historias, plasmar imágenes, airear el sórdido presente con canciones, transformarnos cada uno en una activa filial de la cultura en nuestros pueblos. (...) Estoy seguro de que, entonces, en un futuro no lejano, cuando podamos cotejar lo escrito y creado dentro de un país con lo escrito y creado en el exilio, llegaremos a expresiones complementarias que darán la dramática pero verídica imagen de un pequeño pueblo que, al salir por fin de ese pozo de angustia (que son los sistemas totalitarios), habrá conseguido mantener su dignidad, su entereza y su culto siempre por la libertad.

En estos temas (...) siempre he preferido la poesía a la prosa, de modo que les pido permiso para concluir con un breve poema:

"Eso dicen:
que al cabo de diez años
todo ha cambiado allá.
Dicen
que la avenida está sin árboles
y yo no soy quién para ponerlo en duda.

¿Acaso yo no estoy sin árboles
y sin memoria de esos árboles
que según dicen
ya no están?"

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