Serie Cuba: ¿Quién es el último?

Sin pronunciar esta fórmula mágica no se consigue nada en Cuba, por lo menos si se quiere utilizar los mismos servicios públicos que los cubanos, ya que son baratos (al menos para nuestro nivel de vida), pero escasos. El método con el que se compensa el desequilibrio entre oferta y demanda se llama "paciencia" y "esperar". Por todas partes en los lugares públicos hay grupos de gente que parecen no hacer nada excepto discutir, y a veces irse y luego volver. Para el visitante no es fácil deducir el motivo de estas reuniones.

Colas hay prácticamente para todo lo que se puede comprar con la moneda cubana, el peso. Una de las más largas que vi fue la que conducía a la legendaria heladería, Coppelia; si el cliente podía pagar en dólares, el servicio era inmediato. Pero también para comer las pizzas cubanas, una de las más extendidas cómidas rápidas, o un bocadillo, o entrar en los restaurantes nacionales hay que esperar. Para el turista con dólares y deseos de descubrir el país más allá de los hoteles surge una primera pregunta: ¿En qué moneda debo pagar: en dólares americanos, en dólares cubanos o en pesos? Los dólares son aceptados con gusto en todos los sitios, en muchos es la única posibilidad de pagar y en otros no se aclara en qué moneda está el precio o si es posible pagar en pesos, esperando que el desorientado turista pague más. Con el tiempo el visitante descubre que hay muchas más posibilidades de pagar en la moneda nacional de las que parece y que esto es mucho más económico; el problema es que conseguir estos pesos no es una tarea tan fácil. Sólo es posible cambiar a pesos cubanos dentro del país; si uno pregunta en el aeropuerto le dicen que no se moleste porque puede pagar todo con dólares; en los hoteles no tienen; la única posibilidad segura son las pocas y lentas casas de cambio, en donde uno debe rezar para que ese día haya comunicación telefónica si necesita usar la tarjeta de crédito, o el papel necesario para imprimir el recibo, hecho que refleja la escasez de este material (no sólo el papel higiénico), y es la causa de una espera para nada. La pregunta de cuando llegará el próximo rollo de papel para poder cambiar dinero no recibe respuesta, o bien poco concreta. Por ello es recomendable tomarse las cosas con calma y llevar siempre una reserva de dólares encima. Las personas a las que les gusta planear sus vacaciones hasta el último detalle deben buscarse otro destino o permanecer en los complejos turísticos.

 

 

 

 

Para entrar en contacto con la organización y el funcionamiento de las colas yo recomendaría ir a algunas de las fiestas populares, como fue en mi caso el Carnaval de la Habana en agosto. La paticipación en la comunidad de los que esperan sólo es posible después de preguntar: ¿quién es el último?, y fijarse además muy bien en quién responde y contestar claramente cuándo el próximo cliente pregunte, sino uno será ignorado y nunca llegará a su destino. Por otra parte, los que esperan suelen ser poco "disciplinados" y se marchan y vuelven, y de pronto están hablando con alguien delante tuyo que les ha guardado la plaza y tú no entiendes nada. A veces hay agitadas discusiones porque una persona tiene prisa y pide permiso para adelantarse, en general con poco éxito, o bien intenta "colarse" (= sich vorzudrängeln) o pagarte dinero por tu puesto, todas ellas variantes que hacen la espera interesante, pero a vaces complicada.

Igual de complejo es utilizar el transporte público. Dentro de la Habana, por ejemplo, uno puede ver un montón de paradas y de autobuses, pero es imposible saber a qué hora pasan o si irán llenos (lo más frecuente). A los turistas se les desaconseja usar el transporte público, no sólo por lo caótico de su organización, sino porque existen otras alternativas que se pagan en dólares. Hay, por ejemplo, diversas categorías de taxis con precios diferentes. Los taxis de conductores privados que esperan en las "piqueras" y que el turista puede olvidar, porque normalmente sólo llevan a cubanos. Luego están los taxis oficiales, difíciles de reconocer, porque hay otras compañías con el mismo color (negro y amarillo), en su mayoría Ladas de origen soviético, en un estado exterior lamentable, pero que funcionan. Se pueden pagar en pesos y son baratos, pero hay pocos, porque sólo pueden llevar turistas cuando han realizado una cantidad fija de horas al servicio de nacionales. Y luego otros muchos, algunos muy modernos y climatizados, otros especializados en cobrar precios astronómicos por lo que es siempre aconsejable informarse de cuál es el grupo que en ese momento es económico, pero no en la calle, puesto que cada persona tiene un buen amigo al que ayudar con algunos dólares y hay muchos propietarios de coches americanos antiguos, dispuestos a trabajar como taxistas y a explotar al máximo la admiración que despiertan en los visitantes estas joyas de museo, que se mantienen en activo gracias a las originales soluciones que encuentran sus propietarios, dado que en Cuba son inexistentes las piezas de recambio para estos coches.

Para las distancias cortas se puede utilizar el servicio de bicicletas (Rikscha), que no simpre son más baratas que los taxis, pero que ofrecen mejores vistas. En cualquier caso es siempre necesario acordar el precio antes de iniciar el viaje y no dejarse impresionar por las cantidades propuestas por los conductores, porque en general los cubanos parten de la idea de que los turistas tienen demasiados dólares. Estas discusiones terminan a veces con el orgullo herido del conductor y expresiones del tipo: "Vete a explotar a los de tu tierra" o "por ese precio que te lleve tu madre", o bien con la estafa al turista, pero en la mayoría de las ocasiones la compañía de estos conductores es interesante y una fuente de información valiosa.

Detlef Zunker, noviembre 2001

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