En los reinos de taifa

Juan Goytisolo

Saturno devorando a sus hijos de Goya

 

El siguiente fragmento de En los reinos de Taifa hace referencia a los viajes a España del autor realizados a finales de los años cincuenta y los primeros sesenta, cuando residía en París, y al miedo que sentía cada vez que cruzaba los pirineos y salía de la España franquista para volver a su domicilio francés.

 

Texto adaptado
en español
Texto traducido
al alemán

 

El síndrome fontrerizo, que padecí en mis primeras salidas de España, remitiría poco a poco con la frecuencia de los viajes, conforme aprendía a dominarme, pero sin desvanecerse del todo hasta la muerte del dictador. Con el paso del tiempo, cuando cruce la frontera en circunstancias potencialmente más arriesgadas, lo haré con mayor flema, con una mezcla de despego, fatalismo y confianza irracional en mi buena estrella que causarán asombro en mi entorno. Dicha actitud (...) despertaba admiración por su desfachatez o valentía. Con todo (...), no se trataba exactamente de éstas sino de algo más modesto: una incapacidad personal mía de admitir la eventualidad, mi fe supersticiosa en un destino aparte (...). La temprana asociación de mi país a una nebulosa idea de peligro, al lugar en donde podría ser detenido sin causa aclararía tal vez el carácter ambiguo de mis futuras relaciones con él. Mientras mis colegas europeos circulaban por el mundo con inocente serenidad, conscientes de ejercer un derecho inalienable, yo lo hice durante años en un estado de tensión soterrada, con el presentimiento tenaz y por fortuna erróneo de meterme en la boca del lobo, de sacrificarme a una deidad canibalesca y saturnal, devoradora implacable de sus hijos más lúcidos. La experiencia familiar e infantil reforzaba aún más esa impresión de pertenecer a un país en eterna guerra civil y cuyos ajustes de cuentas feroces se transmitían por herencia de forma inevitable. España simbolizaría para mí, hasta bien entrada la cuarentena, no una tierra acogedora y benigna, receptiva o al menos indiferente a mi labor al servicio de su cultura y su lengua sino un ámbito de hostilidad y rechazo, de un solapado, acechante amago de sanción. Las cicatrices que dejan las dictaduras y régimenes totalitarios son difíciles de borrar. El proceso de curación es largo y aleatorio: en mi caso, aclara el hecho en verdad elocuente de que, diez años después de la muerte de Franco, me sienta todavía más a gusto en París, Marraquech, Nueva York o Estambul que en las ciudades, lugares y escenarios en donde para bien y para mal se desenvolvieron los fantasmas y miedos de mi niñez y de mi juventud.

 

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Das "Grenzsyndrom", dass sich durch meine ersten Ausreisen aus Spanien entwickelte, würde mit der Anzahl der Reisen allmählich nachlassen, indem ich mich zu kontrollieren lernte, allerdings, ohne dass es bis zum Tod des Diktators komplett verschwand.
Im Laufe der Zeit, in der ich die Grenze unter potentiell noch gefährlicheren Umständen überqueren sollte, würde ich dies noch phlegmatischer tun, und dies mit einer Mischung aus Gleichgültigkeit, Fatalismus und einem irrationellen Vertrauen in meinen Glücksstern, welches in meiner Umgebung Erstaunen auslösen wird.
Dieses Verhalten erregte Bewunderung, weil es Frechheit oder Mut signalisierte. Aber darauf war es bei mir nicht zurückzuführen, sondern auf etwas eher Bescheidenerem: meiner eigenen Unfähigkeit, Möglichkeiten anzunehmen, mein abergläubisches Vertrauen auf ein besonderes Schicksal.
Die frühere Verknüpfung meines Landes mit einer nebligen Idee der Gefahr, einem Ort, wo ich ohne Grund verhaftet werden könnte, würde vielleicht meine späteren, von Natur aus zwiespältigen Beziehungen zu diesem Land erklären. Während meine europäischen Kollegen mit naiver Gelassenheit durch die Welt gingen, ihr unveräußerliches Recht bewusst ausübend, habe ich dies aber jahrelang in einem Zustand der unterdrückter Anspannung gemacht; ständig mit der zum Glück falschen Vorahnung, mich in den Schlund eines Wolfes hineinzuwerfen, mich einem kannibalischen und saturnalen Gott (1) auszuliefern, einem gnadenlosem Fresser seiner aufgeklärten Kinder.
Verstärkt wurden diese Gefühle durch meine Familien- und Kindheitserfahrungen, zu einem in ewigem Bürgerkrieg befindlichem Land zu gehören, dessen bösartige Abrechnungen unvermeidlich als Erbschaft weitergetragen wurden.
Spanien symbolisierte für mich noch bis hoch in meine vierziger Jahre weder ein Land der Geborgenheit und Gutmütigkeit, noch einen Ort, der Interesse oder mindestens Gleichgültigkeit gegenüber meinen Leistungen für die Sprache und Kultur zeigte, sondern einen Ort der Feindschaft und Ablehnung, einer drohenden heimtückischen Strafe.
Die von Diktaturen und totalitären Regimen hinterlassenen Narben sind schwer auszuheilen. Der Heilungsprozess ist lang und nicht durch den eigeen Willen beeinflussbar: bei mir zeigt es sich ganz klar daran, dass ich mich zehn Jahre nach dem Tode Francos noch immer in Paris, Marrakesch, New York oder Istanbul wohler fühle als in jenen Städten, Orten und Schauplätzen, wo sich im Guten wie im Schlechten die Gespenster und Ängste meiner Kindheit und Jugend abgespielt haben.

(1) Saturn war ein römischer Gott, der dadurch bekannt wurde, dass er seine eigenen Kinder gefressen hat.

Traducido por Ana Sanvisens y Detlef Zunker.


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