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Sobre
la muerte
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El senado de Hamburgo tiene previsto ahorrar y quiere hacerlo reduciendo precisamente los presupuestos destinados a los sectores más desafavorecidos de la sociedad, al mismo tiempo, las autoridades eclesiásticas alarmaban recientemente del crecimiento de la pobreza en la ciudad-estado más hanseática y elegante de Alemania, una de las más bellas del mundo según la publicidad que puede verse en los monitores de los trenes del metro en la línea azul. La más bella sin duda en los alrededores del Alster. Este podría ser un buen tema para un artículo sobre solidaridad y compromiso social, muy al estilo "tierra de nadie"; pero, sinceramente, ni me interesa ni creo que escribiéndolo vaya a conseguir que nuestros políticos, o los suyos, porque yo no los he votado, alteren lo más mínimo su actitud; y, además, si están gobernando es porque la ciudadanía los quiere en el poder y la primera regla de la democracia debiera ser darse por satisfecho con los resultados de unas elecciones limpias y legales. Con esta premisa, la discusión queda finalizada. Las palabras
a menudo sobran, los números y las estadísticas también,
en nuestra sociedad medida, sumada, restada y analizada hasta el mínimo
detalle tanto en lo positivo como en lo negativo: se numeran los nacimientos
y las muertes, los trabajadores y los parados, los ricos y los pobres,
los inmigrantes se cuentan y se clasifican después por paises
de origen, porque no todos somos iguales. Y paradójicamente quienes
más gustan de estadisticas, análisis y numeraciones son
aquellos que se lamentan de la frialdad del mundo en el que vivimos,
tal y como aquellos que desprecian la dictadura cruel del prestigio
y el éxito social son quienes mayor valor le conceden. Prestigio
social y éxito están ligados al dinero principalmente
y al tipo de trabajo que se ejecuta y al producto que ofrece al conjunto
de la sociedad, pero sobre todo, a lo que según la estructura
de nuestra civilización se ha ido, a lo largo de los siglos,
considerando prestigioso, innecesario o denigrante. El trabajo de un
político es, según la escala métrica del prestigio,
lo contrario al de un ladrón, aunque consista básicamente
en el mismo tipo de actividad. El trabajo de una prostituta es denigrante
mientras que, según la misma escala, el de una modelo que vende
igualmente su cuerpo es el sueño de millones de adolescentes
porque supone prestigio junto al beneficio económico. Es ingenuo
por mi parte creer que un día me despertaré y las cosas
serán de otro modo, a no ser que el próximo atentado terrorista
de los Estados Unidos sea destruirnos definitivamente a todos... y aún
así se salvarían algunos, sólo algunos, y pertenecerían,
por supuesto, al grupo de los ricos y los prestigiosos. Como no soy
nadie, ni prestigioso ni miserable, como no tengo nada que perder, puedo
al menos permitirme el lujo de dar rienda suelta a mis desordenados
pensamientos y despedirme como alguien que va a morir, porque mañana
seré otra persona y habré muerto y ahora puedo decir cualquier
cosa, o escribirla, sin miedo a que alguien la recuerde, no va a hacerlo,
o me la repoche. Y en momentos como éste, cuando mirando alrededor
veo personas que ni me aman ni me desprecian, ni me consideran, y siento
vergüenza por el comportamiento de los seres humanos que deciden
nuestros destinos y por aquellos que nada deciden ni nada tienen ni
anhelan, y vergüenza por mí mismo, por ser sólo uno
más, una persona vulgar con su pequeña, aburrida y estúpida
vida; en esos momentos, rodeado de muerte y enfermedad, cuando siento
que la despedida está cerca porque es en realidad la única
salida, entonces, de pronto, pienso que hay tanta belleza en el mundo,
en un instante de soledad en el que se olvida el resto de lo que nos
rodea, siento que hay tanta belleza, que desearía poder captarla
toda en una sola mirada y llenarme de ella hasta que mi cerebro estallase...
Y si la naturaleza es bondadosa serán acaso esos escasos instantes
los que pasarán ante mis ojos en el momento de la muerte, en
ese último segundo de consciencia durante el que presumiblemente
desfila toda nuestra vida en el cerebro como escenas de una película
vista que se recuerda con cariño porque por un breve periodo
de tiempo nos perteneció, y ahora va a ser olvidada para siempre
por el único que podía recordarla en su total intensidad. Marcel de Montaigne
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