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Castilla y León, años 40 y 50

Las Mujeres

En el lavaderoFelones, que así llamaban al abuelo, fue republicano, incluso volteó las campanas el día que ganó la República, pero tras la guerra civil, -en la que no participó, como tampoco en la "guerra de África", ya que su padre pagó para que otro fuera en su lugar- Félix (o Felones) se dedicó a acumular tierras y a hacerlas de "regadío"; se casó con una bella mujer de ojos transparentes de la que sintió celos toda la vida y con la que quería tener muchos hijos varones, brazos para sus tierras. Así la abuela, que vivió casi cien años, parió 11 hijos de los que 9 llegaron a la edad adulta; los varones no llegaban y la casa se pobló de mujeres: 7 hermanas. La mayor pronto hizo de madre y de varón. De la infancia poco cuentan estas mujeres, bien porque no la tuvieron o bien porque de su memoria sólo extraen los recuerdos amables.

Cuando las chicas crecían iban abandonando la casa por los conventos, eran los años 40: Adela, Dorí, Angustias... Las fotografías familiares recogen los momentos clave de unas vocaciones religiosas, que como más tarde se comprobó, obedecían más a las ansias de libertad que a la fe: todas se salieron de los conventos cuando, en los años sesenta, el franquismo abrió las fronteras y la emigración española pobló las fábricas y las casas burguesas de Europa. Dos encontraron en los recintos sagrados el compañero de viaje y de vida; la tercera, que ha regresado de París después de cuarenta años de dejarse la vista, el amor y los sueños en los talleres de alta costura, se casó con el hijo de un miliciano exilado que la abandonó cuando ya los años, las carnes y el cansancio dejaron de hacer apetecible el lecho. Las hermanas dicen que no, que no fue por eso, que fueron las divergencias en la educación de unas hijas que crecieron en el desarraigo.

En los veranos hacían la ruta del reencuentro y traían a la abuela "artilugios domésticos" que ésta guardaba porque los consideraba inútiles, como de adorno: cafeteras, tostadoras, figuritas que representaban personajes desconocidos; ella, la abuela, prefería los regalos de los conventos.

Las más pequeñas estudiaron mas allá de la escuela rural de la sección femenina. La mayor siempre se lo recuerda: ella aprendió a leer cuidando los rebaños, y con los pequeños hurtos de la venta de la leche y las truchas compraba "visnú" que costaba tres pesetas y te ponía la cara blanca, tapando la piel quemada del sol y de las heladas. Las pequeñas ya eran coquetas, usaban cremas y se tapaban la cara con pañuelos blancos para mantener la piel fresca; compraban cortes de tela, que la mayor, que aprendió a coser en el taller de Olvido, transformaba en vaporosos vestidos llenos de tablas. Y leían, sí; debajo de sus camas, en un viejo baúl de cuero negro, han permanecido las novelas rosa de la época. La mayor cuenta que fue al cine por primera vez a los 16 años, la acompañó Arturo; como nadie le dijo que tenía que bajar el asiento, vio la película de pie; la película se titulaba "Sargento inmortal". Cuando venían las ferias, se hacían teatros y recuerda que una vez la llevó Tensio, a quien la patrona de la casa donde se alojaba no le dejaba entrar después de las diez de la noche. Ella se quedó sola, porque sola había vivido desde que nació. La madre traía hijas a este mundo que los ojos azules del abuelo miraban desde la frustración y los celos: ¡¡¡encima no tenían sus ojos!!!

Estos recuerdos que se entrelazan pueden ser ensoñaciones, pero los personajes existen. Ayer por la tarde estaban cuatro de las hermanas sentadas bajo una parra, en sus rostros dominaba la satisfacción, sombreada por varias pérdidas y, en algunas, por la incertidumbre respecto al futuro de unos vástagos adultos a los que protegen como "lobas", dicen ellas. Nunca pensaron en que sus acciones suponían ninguna aportación a la historia que no fuera la propia, pero ha sido desde esa historia propia desde donde han proyectado futuros mejores, aunque para ello hayan dejado, junto con las novelas rosa, los sueños y los deseos en el intento.

 

Los hombres

El que se quedó con su hijaLos varones en la medida que iban creciendo eran enviados a casas ajenas, donde prestaban servicios diversos: unos hacían cestas, otros ordeños. Cuando lo evocan es como si no fuera con ellos, sonríen recordando a una madre y los ojos se les vuelven líquidos; entonces sabes que se han ido a un lugar lejos del padre, cuya autoridad estuvo a salvo de debilidades hasta la vejez. De entonces, en la memoria, les queda el último tramo de la vida de un padre que como una vara se encorvó y buscaba, en las siestas, la llave de la bodega en el mandil a cuadros de la abuela, mientras ésta dormitaba bajo el techo de un corredor cargado de manzanas.

Éstos son hombres que nacieron con el hatillo de viaje preparado; su destino no estaba ni en los trigales ni en las viñas, ni en los oficios de barbero. Llegaron a una orilla de embarque hacia futuros por construir, unos entraron en las milicias; otro se fue a Alemania, a las fábricas, desde donde sentó las bases de una familia que crece, como las de todos ellos, ajena al tronco común. El que se quedó más tiempo, ése, es tierno a veces, otras testarudo y remolón, y casi nunca entiende por qué las mujeres son tan descaradas. Recientemente se encontró con que a su mujer, un antiguo amor le declaró que durante 50 años la había querido y todavía la quiere; él piensa que eso es una locura, que no pude ser de otra manera: él es quien desde hace 50 años comparte con ella todos los amaneceres, y vuelve la conversación a los aledaños de su historia.

Ellos no se tienen afición cotidiana, se recuerdan en las fechas señaladas; aunque con el paso de los años se encuentran más veces y se enternecen; lo hacen quedo, con las mejillas sonrosadas y el brillo en los ojos que deja translucir la ternura de su madre bajo sus semblantes sobrios. No sé si se sienten felices o satisfechos, el más cercano, el más tierno, sí, si se deja llevar por el presente; pero siempre tras los silencios, escuchas en los hermanos el lamento sin nostalgias de vidas para quienes la supervivencia sin proyecto consumió su juventud y truncó cualquier sueño. No son héroes, ni villanos, ni poetas, son hombres para el yunque; algunos encontraron en sus mujeres el impulso vital, otros murieron solos sin dejar más estela que este apunte a la hora de la siesta.

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