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¿Por
qué sus padres, estando en México, la llevaron a una escuela
francesa?
RR: Querían que pudiésemos tener una continuidad con
nuestros años escolares en Francia. Además tenían
la idea de que, una vez "destruido" Hitler, nosotros tendríamos
la posibilidad de hacer una carrera universitaria en Francia con el examen
de aptitud francés.
¿Cómo fueron aquellos años escolares para usted?
RR: Siempre fuimos a la escuela con entusiasmo. En México
tuvimos algunos profesores muy comprometidos con su trabajo que también
eran exiliados. Sobre todo mi profesor de filosofía, Ramon
Xirau, de quien todavía me acuerdo bien. Tenía un método
muy interesante para enseñarnos filosofía de forma muy amena.
¿Qué método era?
RR: Habíamos establecido algo así como un juego de
rol en el que cada uno de nosotros representaba a un filósofo.
Nuestra tarea consistía en presentar las teorías y discutir
entre nosotros. Por cierto, yo era Kant y, cómo no, no faltaban
Platón, Marx, Descartes y muchos otros. Nos lo pasábamos
muy bien haciéndolo. Todo esto estaba en consonacia con mi etapa
escolar en Francia, en los años 30. Y es que allí fuimos
a una especie de escuela liberal, en la que no se ponían deberes
y trabajábamos los temas por nosotros mismos, con ayuda de fichas.
¿También tenía compañeros mexicanos en
clase?
RR: Muy pocos. Por eso tampoco tuvimos demasiado contacto con otros
jóvenes mexicanos. En esa escuela había toda una mezcla
de nacionalidades. La mayoría eran hijos de un grupo de comerciantes
franceses que vivían allí.
Estos numerosos cambios de escuela, ¿influyeron de forma negativa
en sus resultados?
RR: No lo sé. Lo más difícil para
mí fue empezar la escuela. Había tenido que aprender a leer
directamente en francés y no me iba muy bien con la pronunciación
francesa. Eso me había costado un buena cantidad de lágrimas
-y a mi profesora seguramente también (ríe). Sin embargo,
una vez superado ese escollo pude saltarme un año y pasar al curso
superior en poco tiempo... Buena estudiante, al contrario que mi hermano,
no lo era, aunque, de todos modos, la escuela siempre me ha gustado mucho.
En México, ¿podía entenderse en español?
RR: Si no recuerdo mal, lo hacía sin esfuerzo alguno. Manteníamos
muchos contactos personales con gente autóctona gracias a las expediciones
humanitarias que habíamos hecho a la selva junto con cuáqueros
amigos nuestros, para ayudar a los más pobres. La pobreza de aquella
gente fue algo que me conmovió realmente. Siempre sentí
la necesidad de ayudar, creo que era por influencia del aura de mi madre...
Esas expediciones las habíamos hecho a caballo. Era muy romántico.
¿Cuál
es, pues, su lengua materna?
RR: Ahora es otra vez el alemán pero hasta bien entrada la
época de la DDR, mi primera lengua seguía siendo el francés.
Todavía hoy, cuando hago cuentas, tengo que hacerlo en francés
la mayoría de las veces. En casa, con mi hermano, sólo hablaba
francés y con mis padres, alemán.
¿Qué sensación tiene al oír la palabra
"patria"?
RR: Cuando la gente te pregunta dónde está tu patria,
no sé qué contestar. Mi patria cultural fue durante mucho
tiempo Francia. Por otro lado, mi patria era, quízá, la
antigua DDR, puesto que nadie puede volverse francés y yo quería
sentirme en casa en algún momento. Seguramente por eso volví
a Alemania, pero no quise ir a la RFA: allí había demasiados
nazis para mi gusto. La gente habla siempre de identidad, la mía
es la "identidad humana".
¿Qué es lo que le ha aportado el tiempo que pasó
en México?
RR: Guardo muy buenos recuerdos de México. Muchos me preguntan
si la emigración no fue terrible para mí. Pues bien, yo
me fui de Alemania a la edad de cinco años, así que sólo
puedo responder que a mí me supuso un enriquecimiento. Francia
y México me han dado muchísimo. Incluso los ocho años
de carrera en París me aportaron mucho.
¿Ha vuelto a ir a México alguna vez?
RR: No, tengo la manía de no querer volver a los sitios
que han sido importantes en mi vida. Podría haberlo hecho, pero
no quise.
¿Cuáles son ahora sus sentimientos con respecto a México?
RR: Amor. Amor, por supuesto. Nos acogieron. Sus ciudadanos son
un pueblo fantástico. Y cuando lo digo, siempre pienso en las narraciones
de mi madre, Crisanta o Das wirkliche Blau.
¿Cuál es su relación con la literatura de su
madre?
RR: Para ser sincera, antes leí pocos libros. Quizá
fuera por una reacción a la defensiva. Nos queríamos, pero
nuestros caminos siempre transcurrieron separados el uno del otro. Empecé
a leer más obras suyas después de la caída del muro,
en 1989, cuando se la atacó tantísimo.
¿Experimentó los miedos y dificultades a los que sus
padres tuvieron que enfrentarse durante el exilio?
RR: Prácticamente no. En aquel entonces mi madre nos hablaba
muy poco de sus preocupaciones; y más adelante, todavía
menos. Cuando ahora miro hacia atrás, me parece una lástima,
me hubiera gustado ayudarla. Por otro lado, mi madre tenía por
principio el querer que nosotros llevásemos una vida normal, dentro
de lo que cabía, y creo que lo consiguió. Nuestra formación
era muy importante para ella y por eso se empeñaba en que fuésemos
lo más pronto posible a la escuela en cada una de nuestras paradas
durante el exilio para que tuviésemos un ritmo estable. Creo que
no podía permitir que estuviésemos por ahí sin hacer
nada, aunque lo estuvimos.
¿Tiene un libro favorito, de entre las obras de su madre?
RR: Mi favorito es, quizá, Die schönsten Sagen vom
Räuber Woynok.
La entrevista
fue realizada por Detlef Zunker y Asunción Vacas Hermida en Agosto
de 2002. Traducción por Ana Sanvisens.
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