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Christiane Goeke
estudiante de español

 

Mi primer viaje

La primera vez que estuve en Bilbao fue en verano de 1993. La familia de mi amiga Marta me había invitado a pasar una semana en su ciudad. Marta tenía seis hermanas y vivían todas con sus padres en un piso pequeñito. Para las hermanas, yo era como un ser extraterrestre porque hasta entonces no habían tenido ninguna experiencia con alemanes. El turismo como se conoce en otras partes de España no existía todavía en Bilbao. Y como entonces no hablaba español (solo francés con Marta), sus hermanas, al principio, tenían miedo de comunicarse conmigo por sus pocos conocimientos de inglés.

En la ciudad no había muchos turistas y esto se notó cuando salí con Marta y sus amigos. Los bilbaínos me echaban miradas curiosas y yo, en ningun momento, pasé inadvertida.

La ciudad me pareció muy fea. No me podía imaginar viviendo en un lugar tan gris e industrial. Bilbao es una ciudad comercial y como tal fue construida: sin excesos y apropiada para el negocio. Las viejas ruinas industriales denotaban la fuerza y prosperidad pasada del puerto y del hierro. Los bloques de viviendas de color indefinible y construidos solamente por motivos prácticos creaban una atmósfera muy deprimente. El río que divide Bilbao en dos partes estaba contaminado y despedía un hedor insoportable.

La ciudad vasca no correspondía de ningún modo con las ideas que me había hecho según las descripciones de Marta. Cuando estuvimos en Francia el año anterior, Marta había hablado siempre tanto de la vida fantástica en Bilbao que me había imaginado una ciudad típica española, es decir, bonita y soleada. En lugar de tomar el sol en una terraza tuve que comprar un paraguas. Ante el gran numero de tiendas de paraguas enterré la esperanza de poder disfrutar del sol.
Después de tres dias intenté dejar de ver Bilbao como una turista típica y quise comprender cómo funcionaba la vida cotidiana. Busqué las cualidades que hacían que Marta prefiriese quedarse en Bilbao, en lugar de vivir en Francia, donde nos habíamos conocido. Sin duda porque era su ciudad natal con su familia y sus amigos. Y había también barrios muy simpáticos. Por ejemplo, el casco viejo, que para salir ofrecía muchos bares y restaurantes majos que te daban la impresión de estar en una ciudad del sur de España. En verano hay además una gran tradición de fiestas que duran varios días y que transforman la ciudad en un lugar de risas y alegría. Bilbao tenía también un entorno muy agradable para vivir. Era una ciudad rodeada de montes y naturaleza y mucha gente, Marta incluso, era aficionada al montañismo.

A pesar de los aspectos positivos no logré sentir una fascinación especial como la había sentido en otras ciudades extranjeras. A primer vista era difícil encontrar un acceso a Bilbao.

Tampoco la naturaleza era tan impresionante para mí porque estaba acustumbrada a los bosques verdes. A mí, me pareció muy similar a la vegetación en Alemania y además no era ningún placer subir a los montes bajo la lluvia. El mal tiempo me impidió también disfrutar de la costa magnífica como, por ejemplo, Bermeo y el cabo Machichaco. Al sol el litoral debe de ser maravilloso, pero con el cielo gris y los aguaceros, ¡qué deprimente! Acostumbrada a la lluvia en Hamburgo estaba harta del frío y de la humedad. Caí otra vez en la trampa turística: es decir, tuve la imagen estereotipada de la Península con las palmeras, el Flamenco, las playas y la gente abierta. ¡Qué tontería! El norte se presentaba de manera tan distinta al sur que tuve muchos problemas para cambiar el chip y buscar las cosas que se escondían tras la fachada fea y que son a menudo las más interesantes. Aprendí a apreciar la vida normal sin excesos y maquillaje. Me di cuenta de la oportunidad de conocer una ciudad pura y sin turismo. La mentalidad de los bilbaínos me pareció muy familiar. Creo que la gente del norte en los países europeos tiene un carácter muy similar (tuve la misma impresión en Francia). Es más cerrada y seria, pero con un humor especial.
La influencia del norte no la noté solamente en la mentalidad sino también en la arquitectura. Los bilbaínos habían importado de las islas británicas la educación estética de muchos de sus arquitectos. Es decir un gusto particular, con su mezcla de sobriedad y humor. El hospital de Basurto, por ejemplo, fue construido como los sanatorios británicos y las zonas elegantes en las cercanías de Bilbao tenían un aire inglés. Algunos viejos edificios industriales denotaban el pasado próspero de Bilbao cuando mucha gente había venido del sur para trabajar en el norte. El autor Antonio Muñoz Molina describe, por ejemplo, en su novela policíaca ”Plenilunio” la vida de un inspector de Andalucía que había vivido mucho tiempo en Bilbao por razones económicas. La imagen que pinta de Bilbao es muy triste y gris. Pero al volver en Andalucía, a un pueblecito pequeño, tiene también muchas dificultades para integrarse en la cultura del pueblo. Se presenta siempre la contradicción entre la luz, la alegría y el asesinato.

Lo que aprendí de la primera estancia en Bilbao es que tienes que tener más curiosidad ante una ciudad que no se muestra muy bonita a primera vista y olvidar los estereotipos.