SOBRE MITOS Y ESTEREOTIPOS

por Juan Carlos Benavente

 

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DON QUIJOTE

 

Idealista, loco, un ser entrañable, un esquizofrénico... para cada lector de la obra de Miguel de Cervantes, su protagonista, el ingenioso hidalgo Don Quijote representa un deseo, un temor o un prejuicio; cada lector lo entiende de un modo distinto y lo defiende o lo admira o simplemente se rie de él, como nos reiríamos de un cómico en una película o una serie de televisión. Y ese personaje caballeresco, cómico, entrañable o loco ha salido de las páginas de una novela para ocupar su lugar en la galería de mitos que forman la cultura española.

 

 

Es cierto que raramente se escucha ya en una conversación la expresión "es un quijote", pero de alguna manera ese caballero alto y delgado con el que Miguel de Cervantes quiso parodiar el género de las novelas de caballería, se encuentra en el carácter y el modo de ver el mundo de los españoles. Aunque desde un punto de vista estrictamente médico ese hidalgo manchego es un paranoico perfectamente retratado por su creador, y aunque todo lector sabe desde el principio que Don Quijote está loco porque nos dice Cervantes que "se le secó el cerebro" leyendo libros de caballerías, es raro el lector que no siente ternura o que incluso se identifica con él: es un loco que actúa de buena fe, que quiere hacer el mundo más justo, que lucha por el bien y el amor. Y, sin embargo, en realidad estamos ante un loco peligroso, un desequilibrado que agrede, causa heridas a veces casi la muerte, libera a peligrosos delincuentes y que se permite la licencia de hacer el mundo como a él le gustaría que fuese, ya sea por huir de la decadencia económica en la que vive o de su propia frustración. Es precisamente esa capacidad de crear el mundo a la medida de sus deseos lo que nos acerca tanto a Don Quijote, y un quijote es alguien iluso, idealista y, a fin de cuentas, bondadoso, en un mundo egoísta, duro y a menudo cruel. Este caballero andante, el de la triste figura, le resulta cómico al lector joven, es una inagotable fuente de sabiduría para el lector de mediana edad, y un personaje terriblemente triste para el lector maduro, seguramente porque para éste, representa todas las ilusiones que se quedaron únicamente en eso, las empresas que se propuso y no supo o no pudo hacer llegar a buen puerto, los sueños no realizados, que no se realizarán jamás...

De nuevo la tristeza, el fracaso, la locura encarnados en una de las figuras emblemáticas de la cultura en lengua española, como si tras esa fachada hoy vendida al mundo entero de un país de gentes amables y divertidas, de fiestas continuas, se escondiese en realidad un pueblo marcado más por el fatalismo que por la alegría, más por el crimen pasional que por el amor verdadero, más por el arrebato insensato y emocional que por las acciones razonadas, más por la chapuza que por la obra planificada y construida para durar. Tal vez ese sea el motivo por el que la España del Siglo de Oro acabó siendo un país oscuro manchado por la sangre, la miseria y la inquisición, tal vez por eso es una rareza encontrar referencias a nuestra cultura cuando se hace balance de las grandes empresas que han construido a lo largo de los siglos la civilización occidental: españoles y latinoamericanos luchamos contra molinos de viento, matamos mujeres de ojos negros que no podemos poseer, dormimos la siesta sentados en el suelo junto a una plaza de toros y pasamos la noche cantando y bailando muy cerca de la playa. Ésa ha sido nuestra aportación. Por supuesto exagero. Pero detrás de la exageración hay siempre un algo de verdad.