verano 2003
por Juan Carlos Benavente
Estar aburrido
Durante la infancia, uno de los sentimientos más
temidos y menos deseados es el aburrimiento, es decir, el fastidio,
el tedio o el cansancio producido por la ausencia de algo que nos distraiga;
ausencia que, en la mayoría de los casos, la provoca nuestra
incapacidad para desarrollar o inventar ese elemento distractor que
echamos en falta, o simplemente imprimirle interés a lo que nos
rodea.
En nuestra sociedad, cada día más infantilizada,
la lucha contra el aburrimiento se ha convertido en una enfermedad,
una especie de histeria colectiva, una patología que empezó
siendo mental, pero que se ha somatizado y provoca en realidad los mayores
estragos a nivel físico.
El culto al cuerpo, a la salud, el desprecio por la
vejez, los ídolos de dieciséis años en la música
o en la moda han provocado que cualquiera que no se mantenga en forma,
y esto no es sólo hacer un poco de bicicleta estática
al día, sea un perdedor, un deshecho humano. Mantenerse en forma
pasa, en primer lugar, por luchar contra el aburrimiento, pues el aburrimiento
es un pecado imperdonable que engloba pereza, pobreza de espíritu
y sobre todo, válganos Dios, malos hábitos para la salud.
Y lo que parece una broma adquiere dimensiones catastróficas
en el comportamiento, especialmente de los habitantes de las grandes
ciudades.
La primera arma contra el aburrimiento es disfrutar
de ingresos materiales suficientes para comprar todo aquello que nos
pueda distraer y liberar del tedio: un teléfono móvil
con cámara fotográfica; unas vacaciones a un lugar exótico
aun a riesgo de contraer alguna enfermedad exótica también
-relato añadido a los cientos de fotos que habremos archivado
en nuestro PC-; una casa con jardín; un coche para cada miembro
de la familia; un pequeño barquito, y tantos otros objetos imprescindibles
para luchar contra el aburrimiento y garantizarnos el título
de triunfadores.