12 de marzo de 2004
Un sentimiento de dolor intenso, de impotencia por
no poder parar el tiempo y detener los trenes de la muerte con sus
bombas homicidas para devolver la vida a todas las víctimas
del atentado de Madrid. Ése sería el único consuelo
posible ahora. Cualquiera de nosotros podría haber estado allí
y haber perdido la vida, en la injusticia de esas muertes reconozco
mi propio horror ante un destino cruel y siento que algo en mí
se ha roto por dentro con esas vidas truncadas.
La tristeza aumenta cuando aquí en Alemania, tan lejos de mi
casa en Madrid, siento que no puedo acompañar como quisiera
ese dolor, se me caen las lágrimas y desearía poder
abrazar a las personas que quiero, ayudar de cualquier forma, estar
allí en la calle para manifestar mi repulsa contra la violencia,
contra el terrorismo, contra la guerra.
Mi ciudad está cubierta de sangre; mi ciudad,
tantas veces mal nombrada y confundida con un gobierno, que no es
de Madrid, sino de todos los ciudadanos españoles porque así
lo eligieron; una ciudad, que no es ni mejor ni peor que cualquier
otra del país, aunque para mí sea la más querida.
Y el estremecimiento crece al oír que muchos familiares ni
siquiera se atrevían a identificar a sus muertos porque son
inmigrantes ilegales. ¡Qué destino absurdo acabar en
manos de fanáticos que creen que esas vidas compensan otros
dolores, otras injusticias! Como ya dijera un espíritu libre
hace siglos ante el fanatismo religioso de la ortodoxia católica
y protestante: "Matar a un hombre no es defender una doctrina,
sino matar a un hombre." (Sebastian Castellio, 1551) Y sean bombas
de ETA o Al Qaeda, esa verdad no cambia. Difícil encontrar
en la historia un país que no tenga en su haber pasajes infames
de opresión y violencia, y sin embargo, éstos no justifican
una independencia que se consiga con las manos cubiertas de sangre.
El Estado, la religión, la raza, el imperialismo, la nación...
cualquiera de estas palabras, en este momento, vacías de significado,
no valen la vida de ninguno de los muertos de Madrid. Ni de cualquier
víctima anterior o venidera en la larga lista de la violencia
terrorista.
La impotencia se transforma en rabia, cuando somos conscientes de
ser ciudadanos de un país en guerra, una guerra que se intenta
minimizar, justificar, ocultar, pero que fue denunciada en la calle
por muchos ciudadanos, alguno de los cuales quizás murió
ayer en Madrid. Deseamos vivir en un país en paz y deseamos
ver que nuestros políticos, sean los del gobierno, la oposición,
los nacionalismos... son merecedores de la responsabilidad que les
ha sido otorgada: la primera, no construir más historia con
sangre, ni odio, ni usar la muerte para ganar o conservar el poder.
Fotos de la concentración en Bremen en condena
del atentado, 13 de marzo de 2004