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El mundo de ayer
Es una de las grandes autobiografías del siglo XX. Sólo
pocos meses despues de concluirla, se suicidó su autor, Stefan
Zweig, lejos de la Europa que amó, ya que no podía soportar
la crueldad de ese tiempo.
"El mundo de ayer" fue el testamento de Stefan Zweig, pero
es más, es también una descripción excelente de
la vieja Europa anterior a la primera guerra mundial y de los estériles
intentos en el tiempo de entreguerras por oponer al nacionalismo la
idea de una Europa unida, consciente de su rica diversidad cultural.
Stefan Zweig es un intelectual europeo, como ha habido pocos en el siglo
XX. Su biografía muestra que también nuestro mundo está
amenazado si olvidamos las razones del fracaso de El Mundo de Ayer.
"Es la época la que pone
las imágenes, yo tan sólo me limito a ponerle las palabras;
aunque, a decir verdad, tampoco será mi destino el tema de
mi narración, sino el de toda una generación, la nuestra,
la única que ha cargado con el peso del destino, como, seguramente,
ninguna otra en la historia."

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Un mundo seguro
"Y es que el siglo en que me tocó vivir y crecer no fue
un siglo de pasión. Era un mundo ordenado, con estratos bien
definidos y transiciones serenas, un mundo sin odio. El ritmo de las
nuevas velocidades no había pasado todavía de las máquinas
-el automóvil, el teléfono, la radio y el avión-
al hombre; el tiempo y la edad tenían otra medida. Se vivía
más reposadamente y, si intento evocar las figuras de los adultos
que acompañaron mí infancia, me llama la atención
que muchos de ellos eran obesos desde muy temprano. Mi padre, mi tío,
mi maestro, los tenderos, los músicos delante de los atriles,
a los cuarenta años eran ya hombres gordos, "respetables".
Andaban despacio, hablaban con comedimiento, se mesaban las barbas bien
cuidadas y en muchos casos ya entrecanas. Pero el pelo gris era una
señal más de "respetabilidad" y un hombre "maduro"
evitaba conscientemente los gestos y la petulancia de los jóvenes
como algo impropio. Ni siquiera siendo yo muy niño, cuando mi
padre todavía no había cumplido los cuarenta, recuerdo
haberlo visto subir o bajar escaleras apresuradamente ni hacer nunca
nada con prisa aparente. La prisa pasaba por ser no sólo poco
elegante, sino que en realidad también era superflua, puesto
que en aquel mundo burguesamente estabilizado, con sus numerosas pequeñas
medidas de seguridad y protección, no pasaba nunca nada repentino,
las catástrofes que pudiesen ocurrir en el exterior no atravesaban
las paredes bien revestidas de la vida "asegurada"."

Los padres
Colegio sin vida
"Nuestros maestros tampoco tenían la culpa del desolador
ambiente que reinaba en aquella casa. No eran ni buenos ni malos, ni
tiranos ni compañeros solícitos, sino unos pobres diablos
que, esclavizados por el sistema y sometidos a un plan de estudios impuesto
por las autoridades, estaban obligados a impartir su "lección"
-igual que nosotros a aprenderla- y que, eso sí que se veía
claro, se sentían tan felices como nosotros cuando, al mediodía,
sonaba la campana que nos liberaba a todos. No nos querían ni
nos odiaban, aunque tampoco había motivos para ninguno de estos
sentimientos, pues no sabían nada de nosotros; aun al cabo de
varios años, con excepción de unos pocos, seguían
sin conocernos por el nombre: según el método pedagógico
al uso en aquel entonces, lo único de lo que se tenían
que preocupar era del número de errores que había cometido
"el alumno" en el último ejercicio. Ellos se sentaban
arriba, en la tarima, y nosotros, abajo; ellos estaban allí para
preguntar y nosotros, para contestar; aparte de ésta, no existía
entre los dos colectivos relación alguna. Y es que entre el maestro
y el alumno, entre la tarima y los bancos, entre el Alto visible y el
Bajo igual de visible se levantaba la invisible barrera de la "Autoridad"
que impedía cualquier contacto. Que un maestro considerase al
alumno como un individuo que exigía un trato específico,
acorde con sus características personales, o que redactase, como
se hace hoy en día, unos informes detallados sobre él,
habría supuesto un trabajo muy superior a las atribuciones y
capacidades de nuestros pedagogos; por otro lado, una conversación
privada habría socavado su autoridad, pues con tal cosa habría
colocado a los alumnos a su mismo nivel, que no en vano era "superior".
A mi juicio, nada resulta más característico de la total
falta de relación que, tanto en el terreno intelectual como en
el anímico, existía entre nosotros y los maestros, como
el hecho de que me he olvidado de los nombres y los rostros de todos
ellos. Mi recuerdo guarda todavía, con una nitidez fotográfica,
la imagen de la tarima y del diario de clase, al que siempre intentábamos
echar una mirada con el rabillo del ojo porque en él constaban
las notas; todavía veo aquel pequeño cuaderno rojo en
que se inscribían nuestras calificaciones y el gastado lápiz
negro que registraba las cifras; veo mis propios cuadernos, plagados
de correcciones del maestro hechas con tinta roja, pero no veo ninguno
de aquellos rostros... a lo mejor porque siempre permanecimos ante ellos
con los ojos bajos o cerrados."

El colegio
Matrimonio en el exilio
"De modo que una mañana -era el 1 de septiembre, un día
festivo- fui al registro civil de Bath para inscribir mí boda.
El funcionario aceptó los papeles y se mostró sumamente
amable y solícito. Comprendió perfectamente, como todo
el mundo en aquellos tiempos, nuestro deseo de acelerar los trámites
en lo posible. La boda quedó fijada para el día siguiente;
cogió la pluma y empezó a escribir nuestros nombres en
el registro con letra redondilla.
En aquel momento -serían las once- se abrió de golpe la
puerta de la habitación contigua. Irrumpió en la nuestra
un funcionario joven que se ponía la chaqueta mientras caminaba.
-¡Los alemanes han invadido Polonia! ¡Es la guerra!-anunció
a gritos en aquella sala silenciosa.
La noticia me golpeó el corazón como un martillazo. Pero
el corazón de nuestra generación ya estaba acostumbrado
a toda clase de golpes duros.
No necesariamente significa la guerra- dije yo, sinceramente convencido.
Pero el funcionario por poco se enfadó conmigo.
-¡No!-gritó furioso-. ¡Ya basta! ¡No podemos
tolerar que esto se repita cada seis meses! ¡Tiene que terminar!
Mientras tanto el otro funcionario, que había empezado a redactar
nuestro certificado de matrimonio, dejó caer la pluma con ademán
pensativo. Al fin y al cabo, debió de pensar, nosotros éramos
extranjeros y, en caso de guerra, nos convertiríamos automáticamente
en enemigos. No sabía si, dadas las circunstancias, era lícito
permitirnos contraer matrimonio. Dijo que lo lamentaba, pero que prefería
pedir instrucciones a Londres. Los dos días siguientes fueron
días de espera, esperanza y miedo, dos días de terrible
tensión. En la mañana del domingo la radio dio la noticia
de que Inglaterra había declarado la guerra a Alemania."
Fragmentos de la obra tomados de El mundo de ayer, Stefan Zweig,
ed. El Adelantado, Barcelona, 2002.
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