CUENTAS DE CONCIENCIA

Episodio 1. La inteligencia de las flores

[1] la plata de la familia

"El mundo forma un todo completo
y yo estoy fuera de él, llorando (...)"

Dos objetos llegaron a mis manos con la muerte de la tía Adela, una medalla de la Inmaculada Concepción y un relieve del busto de San Ignacio de Loyola adherido a un marco de plata. Ese pequeño relieve místico reposa en una vitrina, apoyado a los libros, de mi biblioteca junto a una estatuilla de Confucio, un cofre inglés comprado en la destartalada y sucia ciudad de Londres y una postal en forma de corazón en la que un grupo de angeles rodean a San Valentín. Ni la estatua ni el cofrecillo ni la postal ni el relieve tienen valor alguno, tampoco los libros, pero a la luz del amanecer, cuando desde el salón llegan los primeros rayos de luz a esta biblioteca que es también mi dormitorio, esos objetos sin valor, sin apenas importancia o ninguna para el resto del mundo, parecen flotar y sujetar los hilos que moverán de nuevo un día más mis piernas y mis brazos. La medalla la perdí precisamente en Londres, quizá mientras compraba el cofrecillo en cuyo interior duermen hoy marchitos unos pétalos secos de lilas robadas en un jardín abandonado, o en alguno de sus sucios restaurantes o en los parques húmedos donde incluso las ardillas son antipáticas a pesar de su aire de osos de peluche y los solitarios se suben a un pedestal portátil para escupir su palabrería en una ciudad donde a nadie le interesa ni su vecino ni lo que pueda decirle u ocurrirle, o tal vez la perdí durarante el viaje de regreso. Recuerdo que la llevé conmigo, de modo que tuvo que ser en esa ciudad de pesadilla, donde quedase anclada para siempre la mitad de la herencia de la tía Adela. No me perdonaré nunca que así fuese, pero hoy ya nada puedo hacer por remediarlo.

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