La ciudad de Londres no tiene ninguna importancia en mi vida, pero por ese extraño accidente ha quedado unida para siempre al recuerdo de la tía. Ella murió un nueve de noviembre, el mismo año en cuya primavera Cristina y yo nos precipitamos desde el norte, en un viaje de urgencia, temiendo hallarla muerta a nuestra llegada; se había recuperado sin embargo y durante el verano pareció rejuvenecer. Volvió a buscar nuestros besos, a hablar con nosotros desde su silencio y a organizar la casa, a cuidar las plantas, a leer las revistas que yo le compraba... En agosto llegó una carta desde Argamasilla de Alba en la que se nos informaba de la muerte de su hermano mayor, pero no quisimos comunicarselo y en septiembre nos visitó la abuela Petra, su hermana, convencida seguramente en su inetrior de que aquella era su última oportunidad de estar juntas. Es la proximidad de la muerte la que aclara nuestro pensamiento y nos descubre una realidad diáfana, conocemos sin consciencia de nuestro propio conocimiento y actuamos en consecuencia, o es quizá siempre una serie de casualidades que analizadas desde los hechos consumados se nos presentan como anuncios o presagios. Visto desde la distancia, nada parece casual, ni el viaje de la abuela, ni los cuidados excesivos de la tía a las útimas plantas que adornaron su ventana, ni aquellos dos regalos que entonces me hizo para que la recordara y uno de los cuales yo perdí en la odiosa ciudad de Londres; visto desde la distancia aparece todo limpiamente encadenado, claro y luminoso como un insulto, un sentimiento de vergüenza por que no fuimos capaces de entender lo que fue obvio, lo que no dejaba lugar a dudas, tan cegados como estábamos, tan ensimismados en las pequeñas miserias de nuestra existencia individual, porque no fuimos capaces de regalarle entonces el beso que nos pedía, la atención que de nosostros soliciataba humildemente... Y aún mi vida entera, desde el punto en el que hoy me encuentro, resulta ser una sucesión tan clara de acontecimientos encadenados que los nervios de mi cuerpo se tensan hasta la desesperación, hasta la locura casi porque no fui capaz de evitar un eslabón decisivo que hubiera evitado el presente en el que ahora

vivo; y aunque al pararme a contemplar mi estado y a seguir la senda por donde he venido, pienso, recordandando la miseria en la que anduve perdido, que a mayor mal pudiese haber llegado_, o al menos quiero creerlo así, la certeza de que hubiese podido variarlo si no me hubiese dejado empujar por la insconsciencia y el egoismo, me atormenta hoy como sin duda me atormentará también el día en que por fin la muerte a mi llegue y esa serie de acontecimientos encadenados sea incluso más clara, por ser mi mente más lúcida, de lo que lo es ahora. Hoy que en el corazón siento la muerte, aunque no estoy muerto aún. La tía Adela había vivido ya esa sensación y aquel último verano podía observar el devenir de su vida con claridad, entendiendo el motivo de los acontecimientos y sabiendo que aquellos últimos días, aquellas semanas eran las únicas que le quedaban en su vida para vivir por ella misma y no para ayudarnos a los demás. Solicitó entonces besos que no le entregamos, atención que no recibió, consideración que le fue negada y entonces se acostó una tarde, mucho más temprano de lo habitual y decidió dejar de comer, está vez definitivamente. El resto fue rápido. Durante la siguiente semana se levantó en una ocasión y observó durante unos minutos el canario al que escuchaba cantar desde el oido de su memoria; volvió a acostarse y al atardecer tuvo un lígero vómito de sangre. Esa misma noche, en mi cama, escuchando su respiración cansada pensé que vaya fastidio, que no iba a poder dormir a causa de ese ruido no habitual... Fue lo último en lo que pensé antes de dormirme aquella noche durante la cual hubiese debido velar. Fue el último pensamiento que le dediqué a la tía Adela en vida, el último mezquino pensamiento antes de cerrar los ojos. Al abrirlos me encontré frente al rostro lloroso de mi madre que susurró, antes de que yo tuviese conciencia de estar despierto, que la tía Adela había muerto. Sí que nos dejó dormir; ni siquiera para morir quiso molestarnos, después de tantos años a nuestro servicio, viviendo para nosotros y soportando una vida de privaciones aunque fuese voluntaria, por amor a mamá, por amor a nosotros, que acaso fuéramos para ella los

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