sustitutos a la hija que tuvo entre los brazos y a la que vio morir, o de los dos maridos que también la abandonaron prematuramente. Tal vez respetaba tanto a la muerte, o la odiaba hasta tal punto, que quiso evitarnos, en la medida de lo posible, que asistiesemos o nos enfrentasemos directamente a la suya. Los hechos graves parecen menos graves una vez consumados que durante su desarrollo. Informar a los seres queridos de una enfermedad que nos terminará es alargarles un dolor que habrán de sentir en el momento de nuestra muerte pero que puede reducirse si no en la intensidad, si al menos en la duración. Y ella conocía suficientemente ese dolor. Frente a la palidez extrema y la frialdad absoluta, solo junto a ella en el dormitorio que un día fue mío y al que ella pasó para que yo ocupase el suyo, me desprecié como no lo había hecho nunca y la odié también porque en los útimos días no nos dijo que nos necesitaba para sobrevivir y de algún modo se dejó morir. Le besé la frente helada, para demostrarme una valentía que no tuve mientras aún vivía y esquivaba su presencia porque leía en ella mi propia caducidad; solo para demostrarme seguramente, que era cierto que la amaba, que la había querido realmente aunque no hubiese sabido mostrárselo en aquellos últimos meses en los que a su final se unía la certeza de que también existiría un final para mi un día y mi única preocupación era hallar los pasos perdidos en el pasado para restablecerlos en el futuro y corregir errores antes de morir; le besé la frente helada disculpándome con la excusa absurda de que ya nada podía hacer. Y así era en verdad. Pero ella yacía muerta y yo todavía continuaba vivo.
Al dia siguiente, al regresar del cementerio, mi madre me entregó un pequeño paquete que la tía Adela deseaba que pasase a mis manos. No lo abrí inmediatamente. Al atardecer, en mi estudio junto a Ophelia, mi mejor amiga, que había venido a hacerme compañía, desligué el cordelito que ataba el paquete, no demasiado pesado o voluminoso, blando mejor, y lo abrí con parsimonia y curiosidad, y tristeza también: una blonda blanca de una delicadeza exquisita y que yo jamás había visto entre las pertenencias de la tía envolvía la medalla de la inmaculada, el retrato de San Ignacio y una fotografía
antigua, de principios del siglo, de la tía Adela con unas palabras escritas con plumilla: Diario de invierno, para Nicolás, para San Sebastián, para que acepte su camino y lo siga... Ella sabía más de mí de lo que yo imaginaba.
- ¿Qué es?- me preguntó Ophelia.- Una blonda..., algunos objetos religiosos y su daguerrotipo... !Pobre tía Adela, pobres nosotros!
Ophelia puso su mano sobre mi hombro y la sentí cálida y lejana al mismo tiempo. Como un amigo que no lo es pero en cuya amistad creemos firmemente. Después deposité todos los objetos en el cajón de una mesita y serví el té de menta que Ophelia y yo acostumbrabamos a beber cuando nos reuníamos en mi casa. En la suya tomabamos café o vino, en la mía té o vino o champán, el champán que no podíamos permitir pagarnos. Entonces todo guardaba un orden, todavía se mantenía. La casa de la estación alquilada era la seguridad de que los veranos en familia los seguiríamos pasando en el norte, a pesar de que nadie sabía el paradero de la tía Niqui y ahora más que nunca era necesario encontrarla, aunque tal vez no fuese la más cercana a la tía Adela era importante comunicarle su muerte; yo de nuevo en el hogar familiar, Clara, nuestra hermana mayor felizmente casada, Cristina y Maribel trabajando sin sorpresas ni aspavientos. Y yo, dedicado a la lectura y al estudio, acabaría la carrera, encontraría un trabajo tal vez en un Instituto o a falta de demanada incluso en un banco, acaso me casase. La muerte de la tía Adela formaba parte de la armonía porque ese es el desarrollo natural de la vida: nacemos, vivimos, morimos y sí morimos a una edad avandaza el dolor es menor y también lo es la conmoción. Aunque frente al espejo del cuerta de baño yo había visto empezar mi futuro y consideraba que el paso del tiempo lleva inevitablemente a la destrucción, tras los días pasados en el norte, el verano en mi ciudad provinciana y la muerte de la tía Adela el 9 de noviembre de aquel mismo año, todo parecía hoy estar más atado y seguro de lo que lo estuvo nunca en la Avenida de las Acacias. Y en el número 10 de la Calle De Nuestra Señora del Carmen, aun cuando seguía yo luchando con las pequeñas y continuadas ruinas de mi segundo hogar, mis pies se matenían firmes sobre las baldosas y no le quedaba lugar al temor de que aquella casa dejase de ser mi casa en los años venideros.
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